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  • Psicopatología y discurso eclesial
  • Noticias de Gipuzkoa, 2008-01-04 # David Alvear Morón • Psicólogo

Atrás quedó la época en la que la homosexualidad era entendida como una disfunción psiquiátrica, mencionada aún en el DSM-III, publicado por la Asociación Americana de Psiquiatría en el año 1980.

Decía que, aun superada esta fase, parece que el discurso oficial de la Iglesia Católica se resiste a descatalogar a los sujetos homosexuales como enfermos mentales, cuando, y ésta es mi tesis, las últimas salidas de tono llevadas a cabo por diversos arzobispos españoles en el acto por la familia cristiana celebrado en Madrid, esta vez imposibles de descontextualizar, se acercan a las de un movimiento subcultural disfuncional y tendente a lo psicopatológico, que me preocupa como miembro de esta sociedad laica, no lo olvidemos, y como profesional dedicado al ámbito de la salud mental.

Ya Teofrasto en el siglo IV. a.C., en su obra Caracteres , nos habla del carácter oligárquico como aquel que emplea razonamientos del tipo: “Nosotros, que entendemos mejor, debemos controlar los asuntos del pueblo”. Es en este sentido oligarca y antipluralista como catalogaría los discursos cuasiapocalípticos de los mandatarios eclesiásticos.

No en vano, las palabras que defiende el movimiento conocido como Teocons (sector conservador de la Iglesia Católica) encajan sobremanera con lo que en psicopatología se entiende como “trastorno obsesivo-compulsivo” (TOC). Por lo que utilizaré las líneas que siguen para aclarar esta correlación, a mi modo de ver alta, entre el discurso de la jerarquía eclesial española y el trastorno obsesivo-compulsivo.

Enumero a continuación los constructos cognitivo-afectivos que comparten en un alto grado, tanto un sujeto con perfeccionismo patológico (TOC), como los discursos de los arzobispos en cuestión:

1) Afectividad restringida, manteniendo una apariencia externa carente de relajación, tensa, adusta, sin alegría, sombrío y triste; conservando cualquier tipo de expresión emocional bajo un estricto control. Mientras, transmite una autoimagen de seriedad.

2) Estrechamiento cognitivo: concibiendo el mundo en términos de normas, reglamentaciones y jerarquías, siendo falto de imaginación, a la vez que le disgustan sobremanera las ideas y costumbres novedosas ajenas a lo establecido.

3) Excesiva minuciosidad, escrupulosidad e inflexibilidad en cuestiones de moralidad, ética o valores.

4) Reacio a delegar tareas o trabajos en otros, a no ser que éstos se sometan exactamente a su manera de hacer las cosas. Traduciéndose en una excesiva represión, que al extrapolarlo del plano psicológico al social, nos referimos a que “los que saben”, los morales, los buenos, dicen a los otros lo que hay que hacer y lo que no.

Al hilo de lo escrito, y aun entendiendo que un artículo en prensa no es el lugar adecuado para profundizar en cuestiones más complejas relativas al estudio personológico del ser humano, no me gustaría finalizar sin describir la variante de la personalidad obsesivo-compulsiva conocida como Compulsivo puritano (Millon, 2006), siendo bajo mi punto de vista el subtipo que mejor refleja a las altas esferas de la jerarquía católica.

El sujeto compulsivo puritano , a grandes rasgos, se siente atrapado entre la obediencia y el desafío. Sus instintos e impulsos suelen ser muy fuertes, por lo que buscan protección en la justicia divina para purificarse, transformarse y contenerse (Millon, 2006). Ello deriva en tener que canalizar su hostilidad a través de desplazamientos sádicos, identificando un enemigo común (en este caso el Gobierno socialista) o utilizar a débiles como cabezas de turco (el Gobierno socialista y sus necesidades electorales).

Así, es una realidad que los grupos orientados y dirigidos por sujetos compulsivos puritanos tienden a buscar grados de fundamentalismo cada vez más radicales, y muchos de ellos disfrutan en secreto de castigar a los demás, saliendo fortalecido su superyó.

En un plano socio-cultural se podría definir el discurso oficial de la Iglesia Católica como una inadaptación crónica a los nuevos retos que nos trajo la modernidad primeramente; y a la ambivalencia, a la provisionalidad, a la complejidad, a la incertidumbre y al pluralismo que posteriormente han emergido junto a la posmodernidad.

Por lo que suscribo lo defendido por el filósofo catalán Salvador Pániker, cuando afirma que ya no se puede reducir la realidad a ninguna teoría (bien sea religiosa o de otro tipo), se acabó la época de las grandes síntesis y comenzamos la aventura pluralista. Lo cual no es óbice para crear un nuevo humanismo, que al combinar ciencias y letras, nos depare un futuro más optimista y esperanzador del que nos auguran desde el Vaticano.

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