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> Berria: Erauzketa > UNICEF RECLAMA EL FIN DE LA MUTILACION GENITAL FEMENINA

  • UNICEF reclama el fin de la mutilación genital femenina
  • Terra, 2007-02-06

El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) hizo hoy un llamamiento para poner fin a la mutilación genital femenina, práctica muy extendida en Africa subsahariana y en Oriente Medio.

Con motivo del Día Mundial contra la Mutilación Femenina, UNICEF recordó que los países miembros de la ONU se comprometieron hace cinco años, en una sesión especial, a poner fin a esta dolorosa y arriesgada práctica en 2010.


Cerca de dos millones de niñas sufren cada año la mutilación del clítoris o de todos los órganos genitales exteriores, operación que ha sido practicada al menos a 130 millones de mujeres y niñas en el mundo, según UNICEF.


La agencia de la ONU anunció en un comunicado que este año intensificará los esfuerzos coordinados para que en 2015 queden reducidas a la mitad las mutilaciones femeninas o ablaciones en 16 países africanos, una meta que también fue incluida en los Objetivos de Desarrollo del Milenio.


‘Más allá de la fecha del 2015, la campaña de la UNICEF irá destinada a eliminar la práctica en una generación de niñas’, reza el documento.


UNICEF resaltó que la mutilación genital femenina tiene graves consecuencias para la salud de las mujeres, según un estudio donde se constata que la mayoría de las víctimas de la ablación requieren de cesárea por complicación en el parto, así como experimentan hemorragias después dar a luz, entre otros problemas.


‘El ambicioso objetivo de eliminar esta práctica en una generación puede lograrse si se avanza en los programas ya existentes’, añade el comunicado.


La campaña emprendida por el organismo internacional para poner fin a este tipo de mutilación cuenta con el apoyo de otras agencias de la ONU, instituciones financieras mundiales, la sociedad civil, el sector privado y los países donantes.


UNICEF agradeció el compromiso demostrado por países como Italia, que ha aportado 1,8 millones de euros (2,3 millones de dólares) para apoyar programas de concienciación contra la mutilación genital femenina en Africa.


En Sudán, por ejemplo, los líderes religiosos usan su autoridad para afirmar que esta práctica es una violación a los principios espirituales y teológicos.


Este tipo de concienciación comunitaria ha permitido, según la UNICEF, reducir las ablaciones en otros países, como la República Centroafricana, Egipto, Eritrea, Etiopía, Guinea, Kenia, Mali, Nigeria y Yemen.

> Iritzia: Lidia Falcón > CRITICA DEL ELOGIO DEL ISLAM

  • Crítica del elogio del islam
  • Es incomprensible la fascinación por una religión que mantiene la opresión de la mujer
  • El Periódico de Catalunya, 2007-01-25 # Lidia Falcón

Me desconcierta la información de que en Catalunya varias muchachas se han convertido al islamismo en busca de una supuesta espiritualidad que al parecer no encuentran en la religión católica. Pero la información transmitida únicamente habla de la práctica continuada de unos ritos, cuya frecuencia debe hacer difícil conciliarlos con la vida laboral, y la adopción de una forma de vestir. No nos explican si cumplen otras imposiciones a que obliga la profesión musulmana, como la aceptación de la poligamia y la sumisión de la mujer al marido. Es incomprensible la fascinación que sienten por esa religión, que mantiene costumbres, prohibiciones y opresiones contra la mujer mucho peores que las que defiende la Iglesia católica. Fascinación que parecen sentir también intelectuales y gobernantes, de modo tal que se están destinando fondos para impartir clases de religión musulmana en las escuelas cuando aún no hemos concluido con la enseñanza del catolicismo.


En mi libro “Mujer y Sociedad” (1969), denuncié la opresión de la mujer musulmana tras haberme estremecido con la lectura del libro de Youssef el Masry “La tragedia sexual de la mujer árabe”. Descubrí en sus páginas el horror de la cliteridectomía y las consecuencias nefastas que para la salud, la sexualidad y la dignidad femenina acarrea. Creo que fui la primera escritora española que hice pública esa bárbara costumbre. Ha costado tres décadas conseguir que en la Cuarta Conferencia de la Mujer en Pekín de 1995 se condenara esta práctica por la ONU.

Conozco las objeciones de los islamistas contra que se atribuya la cliteridectomía –y otras mutilaciones peores como infibulación– a la religión musulmana, ya que proviene de costumbres ancestrales africanas y no está obligada en el Corán, pero en la actualidad únicamente la practican aquellas sociedades de confesión islámica, es aceptada por muy diversas tendencias del Islam, cuando no recomendada, bajo la indiferencia del Estado. Como en el caso de Egipto donde el Gobierno decidió que se ejecutara en los hospitales por personal facultativo, para evitar las infecciones que proliferan. En estos momentos, 150 millones de mujeres la padecen y cada año se suman varios millones más de niñas mutiladas.


La poligamia, legal en la mayoría de los países musulmanes –con la notable excepción de Túnez, que tiene una Constitución laica–, la prohibición de conducir automóviles, de salir a la calle solas, la imposición para que se cubran la cabeza, incluso a veces el rostro, haciendo visible su condición inferior –que no es otro el sentido del velo–, y sobre todo el horror de las lapidaciones por adulterio, los asesinatos por honor, las desfiguraciones del rostro con ácidos, los encierros y castigos corporales, convierten a las mujeres musulmanas en las más oprimidas del planeta. Véase cómo viven en países –como Somalia– donde las tasas de pobreza, de falta de escolaridad y atraso son inaceptables, en donde se prohíbe reproducir la figura humana, no se traducen los libros occidentales, el cine y la televisión están severamente censurados y cualquier crítica a su profeta motiva sublevaciones de masas fanáticas.

Estas y otras circunstancias, todas detestables, en las que se desarrolla la vida de las mujeres de los países sometidos a la confesión islámica nos las contaron nuestras compañeras feministas de Mauritania, Marruecos, Argelia, Egipto, Jordania, Arabia Saudí, Kuwait, Irán, Bangladesh, Pakistán, Kenia, Nigeria, Sudán, que colaboraron desinteresadamente en nuestro número de la revista Poder y Libertad dedicado a feminismo e islamismo. La mayoría vivían en el exilio, después de haber sido perseguidas y amenazadas de muerte –como mi amiga Nawal al Saadaui y la escritora Taslima Nasreen de Bangladesh– o nos escribieron con seudónimo.


Los esfuerzos prohibir la cliteridectomía y la poligamia en sus países consumían la mayor parte de su lucha, mientras sus hermanas de sufrimiento padecen la mayor tasa de analfabetismo, la menor participación laboral y no se ve un rostro femenino en las reuniones políticas. Recordemos los ridículos problemas de protocolo en esos países, cuando la reina de España acompaña al Rey en algún viaje y tiene que quedar relegada a relacionarse con las mujeres, o el último incidente de las periodistas que tenían que informar en la visita del ministro de Justicia a Arabia Saudí.

En España, las comunidades musulmanas reproducen bastantes de estas condiciones, aunque nada de ello se explique en el reportaje sobre las catalanas convertidas, de las que tampoco sabemos gran cosa de su vida familiar. La incompetencia de nuestros servicios sociales y la indiferencia de los gobernantes permiten que exista la poligamia en sus familias y que muchas niñas sean llevadas a sus países de origen para practicarles la ablación del clítoris.


Quienes defienden el islam aseguran que estas imposiciones no están incluidas en el libro sagrado sino pervertidas por sus intérpretes. Pero no recuerdan que el Corán establece la poligamia legal con cuatro mujeres, que el testimonio de una mujer en un juicio vale la mitad que el de un hombre, que una hija hereda la mitad que un hijo, y que acepta el castigo corporal para las esposas, siempre que se realice con una vara del ancho del pulgar y del largo de la mano abierta y nunca en el rostro. No hace falta que enfaticen que el libro se escribió en el siglo VIII, porque precisamente eso es lo que debieran tener en cuenta ellos para comprender que si tales normas significaron un avance en esa época no pueden ser ni implantadas ni veneradas hoy. Resulta decepcionante observar que se sigue aceptando por nuestros gobernantes la dominación religiosa de esas sociedades cuando se debiera exigir la laicidad como condición imprescindible para ser considerada civilizada.