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> Iritzia: J.M. Ruiz Soroa > EL SILENCIO DE LOS REALQUILADOS

  • El silencio de los realquilados
  • «Lo mismo sucede cuando se abandona al mundo nacionalista la discusión sobre cómo se llama este país, Euskadi o Euskal Herria. No es cosa nuestra, dicen algunos, aceptamos lo que diga la ley. Es la actitud del que se siente un realquilado, un extraño metido en casa ajena»
  • El Diario Vasco, 2007-12-30 # J.M. Ruiz Soroa

Regresa la polémica de los símbolos a la actualidad vasca: por un lado, los tribunales van poco a poco exigiendo coactivamente a las instituciones locales o autonómicas el cumplimiento de la obligación legal de exhibir la bandera española, generando la predecible resistencia nacionalista. Por otro, salta la controversia sobre «el nombre de la cosa», y nacionalistas de distinto pelaje partidista disputan sobre si ese nombre es el de «Euskadi» o el de «Euskal Herria». No es mi intención tomar posición en la polémica, sino más bien comentar la anómala reacción que provoca en algunos políticos vascos, una reacción que yo describiría como la «filosofía del realquilado».

Y es que, aparte de los políticos que adoptan posturas tajantes a favor o en contra de los símbolos en cuestión, como son la mayoría de los nacionalistas o los del Partido Popular, aparece entre nosotros una actitud peculiar, la de los que se dedican a quitar hierro al asunto declarándose, si se me permite la analogía, algo así como agnósticos en materia simbólica. Son los políticos socialistas y, en general, la sedicente progresía de izquierdas. Todos ellos coinciden en proclamar que la querella simbólica no va con ellos, porque ellos están al margen de esa cuestión tan inflamable. La primera línea argumentativa de estos regidores públicos (escúchese por ejemplo a los alcaldes de Bilbao, Vitoria o San Sebastián) es que las preocupaciones reales de los ciudadanos atañen a cosas pragmáticas, tales como las calles, los servicios públicos o las hipotecas. Les preocupan las aceras, no las banderas, afirman.

Es un argumento que, si algo dice, es que los ciudadanos somos bastante cortitos de entendederas, puesto que sólo podríamos preocuparnos de una cosa. En el fondo es un argumento insultante para nuestra habilidad como seres humanos: los ciudadanos somos perfectamente capaces de preocuparnos a la vez por las calles, la hipoteca, los hijos, las banderas, el hambre en el mundo, la marcha del equipo de fútbol y un montón de asuntos más. No somos tan pobres de espíritu como creen nuestros alcaldes cuando les conviene: por ejemplo, somos capaces de apreciar el aspecto funcional de la pasarela sobre la ría (tenemos piernas y los puentes son para transitar) pero también su valor artístico y expresivo (tenemos ojos y lo que han hecho con la pasarela es un atentado a los derechos estéticos de la ciudadanía). Pues así mismo guardamos un nicho en nuestro almario para la cuestión de las banderas que ondean o no en la balconada, sin que por ello deje de afanarse nuestro espíritu en más trascendentes cuestiones.

Entra en juego entonces la segunda trinchera de quienes no quieren entrar en el meollo de la cuestión: la de despojar de todo valor positivo a los símbolos, condenarlos a todos como los verdaderos culpables de los males del mundo. «Yo quitaría todas las banderas», «son emblemas que sólo sirven para enfrentar», «son la fuente de la violencia sectaria», etcétera.

Es la misma receta que los progresistas de salón usan con las religiones, a las que achacan ser la fuente de todas las guerras: suprimirlas todas. Esta postura tiene su versión cínica (la de aquellos alcaldes que dicen que ellos no ponen ninguna bandera en el ayuntamiento, aunque nos plantan una enorme a unas decenas de metros de la casa consistorial), y también su versión acomplejada, la de quienes prefieren renunciar a todos los símbolos antes que ser tildados de aliens en la comunidad en que viven por defender uno inapropiado.

No hace falta decir que la realidad social la construyen los seres humanos en forma simbólica, que los símbolos no son sino los ladrillos con los que edificamos el marco en que habitamos. Da igual que se trate del dinero o del fútbol, del Estado o de la familia, de la vida personal o del más allá, todo lo social, absolutamente todo, son mundos que construimos por convención con elementos simbólicos. Renunciar a los símbolos es, por ello, una postura absurda que sólo puede entenderse como afectación forzada; en realidad, nadie renuncia a los símbolos sino que simplemente «hace como que no le importan». Como el zorro con las uvas. Por eso, cuando nuestros políticos progresistas declaran que ellos «pasan de banderas» están en realidad amputándose de su propia matriz simbólica. Y, lo que es peor, con ese gesto aparentemente excelso están abandonando el campo a los nacionalistas, les están cediendo el protagonismo absoluto en la construcción simbólica de la realidad social vasca.

Lo nuestro, dicen con impostada seriedad, es construir calles y ferrocarriles, ocuparnos de las necesidades materiales de los ciudadanos, eso de los símbolos no sirve para nada y se lo dejamos a los señores nacionalistas. Hace ya años que éstos sacudieron la cabeza asombrados ante tamaño regalo y se pusieron afanosos a la tarea de edificar ellos solos la realidad pública vasca. Y tanto han avanzado en la materia que en la actualidad consideran que es su derecho adquirido hacerlo solos.

Lo mismo sucede cuando se abandona al mundo nacionalista la discusión sobre cómo se llama este país, Euskadi o Euskal Herria. No es cosa nuestra, dicen algunos, aceptamos lo que diga la ley. Es la actitud del que se siente un realquilado, un extraño metido en casa ajena: a nosotros nos da igual, susurran, es cosa suya dar nombre a este país. Singular abdicación. Nombrar es embrujar, es crear, es inventar las cosas. ¿Cómo entonces podríamos abstenernos de ello? Sólo por represión autoinducida.

Manuel Montero ha destacado más de una vez el asombroso proceso que comenzó en la transición, un proceso en el que los partidos no nacionalistas asumieron voluntariamente el papel de actor secundario, el rol de sujeto paciente de «la construcción nacional de los nacionalistas». Desde entonces, más de la mitad de la población asume la filosofía del realquilado y sublima su frustración invocando la prudencia. Porque es cierto, no lo niego, que en la filosofía del realquilado late también un noble espíritu de prudencia, de búsqueda de la paz social. Se renuncia a agitar las cuestiones que pueden encrespar los ánimos porque lo importante es la convivencia de todos. Prudente postura, sin duda, pero sobre cuya efectividad real para el fin que persigue cabe ser un tanto escéptico, visto lo visto durante estos años. Porque esa asunción unilateral y resignada por los no nacionalistas de su papel de masa «simbólicamente inerte» no parece haber amortiguado el frenesí nacionalista, sino que más bien lo ha excitado. Y lo ha excitado por dos razones: primero, porque al cederles ese campo de juego se les ha hecho creer que es de su exclusiva propiedad. Y segundo, y más importante, porque se les ha concedido una bula de irresponsabilidad. ¿En qué sentido? En el de que los nacionalistas pueden adoptar cualquier posición político-simbólica que deseen, por extremosa e hiriente que sea, con la seguridad de que tal conducta no les pasará factura política ninguna. Pueden rechazar las normas constitucionales, las instituciones comunes, la pertenencia compartida y todos sus símbolos, que no por ello dejarán de ser aceptados como interesantes ‘partners’ políticos, ni se interrumpirá el amable diálogo con ellos.

Ellos tienen libertad total para hacer alegres bilbiriketas con los símbolos, los demás somos tan responsables y prudentes que guardamos silencio, hacemos de tripas corazón por la convivencia y les echamos una mano en pro de la gobernabilidad del país. E incluso esperamos que se moderen gracias a nuestro ejemplo. Quizás algún día sea así, pero lo dudo mucho.

> Iritzia: Joxerra Bustillo Kastrexana > CUANDO GANEMOS LE PONEMOS NOMBRE

  • Cuando ganemos le ponemos nombre
  • Noticias de Gipuzkoa, 2007-12-28 # Joxerra Bustillo Kastrexana · Periodista

El cambio de nombre de la selección vasca de fútbol ha creado una cierta polémica, debido sobre todo a las fuertes críticas lanzadas por representantes del jelkidismo, como el propio Iñiko Urkullu, presidente del PNV, el senador Iñaki Anasagasti o el historiador Koldo San Sebastián. Se trata de un capítulo más de nuestras disgresiones gramaticales, tan denostadas con razón por Jorge Oteiza, y que periódicamente surgen en nuestro escenario político y mediático. En vez de ir al meollo de la cuestión, acostumbramos a detenernos en los detalles, estrategia que tan sólo puede acarrear retrasos, aplazamientos y, en definitiva, impotencias varias.


Hay multitud de ejemplos al respecto. ¿Escribimos Villabona o Billabona? ¿Cuáles son los límites territoriales de Euskal Herria? ¿Forman parte de esos límites Castro Urdiales y Miranda de Ebro? ¿Y San Vicente de la Sonsierra? ¿Es literatura vasca la escrita en castellano o francés por autores nacidos en nuestros territorios? ¿Puede jugar en el Athletic el nieto de un emigrante navarro en Idaho que se apellida Etcheverry? ¿Euskal Herria o Euskal Hiria? ¿Eusko Gudariak o Gernikako Arbola?


En nuestro habitual y agotador desencuentro, los vascos no nos ponemos de acuerdo ni en el nombre de nuestra nación. Hay propuestas para todos los gustos, desde Euskadi-Euzkadi, hasta Euskal Herria, pasando por Baskonia, República de Navarra, Federación Vasco-Navarra o Waskonia, sin olvidar los de País Vasco-Pays Basque, Vascongadas o Tierras Vascas. Como tampoco nos ponemos de acuerdo en su dimensión territorial, ni en el modo de articular el territorio, ni en las infraestructuras esenciales necesarias, ni en prácticamente nada. Es más, el euskara, eje simbólico y mítico de este país, no se ha librado de las pugnas y también ha sido a menudo motivo de confrontación, a veces muy seria, como a la hora de su unificación, recordemos la famosa “guerra de la hache”, o las disputas sobre la conveniencia de utilizar o no los euskalkis. Por lo tanto, y sabiendo lo difícil que resulta alcanzar unos consensos mínimos, considero que es hora de realizar esfuerzos en ese sentido. De no ser así, las guerras banderizas, los conflictos intestinos, acabarán por destrozar el país.


El caso de la selección de fútbol es, en ese sentido, clamoroso. Dudo muchísimo que pueda lograrse su reconocimiento internacional sin una previa soberanía mínima, de la que hoy carecemos. En eso creo que estaremos de acuerdo. Conviene no repatirse el oso antes de cazarlo. Por lo tanto, si queremos disponer de una representación deportiva propia en el ámbito internacional tenemos que pelear por la soberanía nacional. Así de claro. No puede haber atajos en la defensa de los derechos nacionales de un pueblo y el tener selecciones propias forma parte sustancial de la lista de esos derechos.


Otra cosa es que, mientras se consigue ese objetivo central, se den pasos en la reivindicación jugando partidos amistosos, sin validez oficial. El efecto que se genera con esos encuentros es muy positivo y no hay razones para renunciar a seguir haciéndolos. Sumar fuerzas en torno a los símbolos nacionales siempre tiene que figurar en la cuenta del haber.


En el caso del nombre a dar a la selección, se podría optar por Euskadi, Euskal Herria, Baskonia o Nafarroa, pero en estos momentos se trata de un debate totalmente estéril. Lo principal, lo decisivo, es conquistar esa soberanía que nos permita disponer de presencia en todos los eventos internacionales, no sólo en los deportivos. Conformarnos con un par de partidos de fútbol al año con nuestra selección se me antoja como una postura acomodaticia. Un mero intento de contentar malas conciencias.


En esta cuestión lo que está en juego no es solamente la decantación por un nombre u otro, todos ellos legítimos, sino la consistencia de una reclamación fuertemente sentida en nuestro pueblo y que trasciende los límites de la frontera sicológica entre abertzales y constitucionalistas, agrupando tras de sí a una gran mayoría de la ciudadanía. Por consiguiente, dejemos a un lado falsas polémicas sobre una u otra denominación y cuando ganemos, en la batalla política y en el campo de fútbol, ya habrá tiempo de ponerle a la selección el nombre que concite un mayor número de adhesiones.

> Berria: Terminologia > LAS ACADEMIAS DE LA LENGUA ADMITEN LA EXPRESION "PERDER ACEITE"

  • También incluyen la expresión ‘perder aceite’
  • Las Academias de la Lengua admiten ‘animal de bellota’, ‘neura’, ‘subidón’ y ‘aeromoza’
  • El Mundo, 2007-10-30 # Ana Mendoza · EFE · Madrid

Las 22 Academias de la Lengua Española han incorporado al Diccionario académico voces coloquiales como “animal de bellota”, “cuerpo de jota”, “modernez”, “fisio”, “neura” y subidón”; términos usados en América como “aeromoza” y “nocaut”, y expresiones más propias de España como “perder aceite” o “rebotar”.


Estas son algunas de las 4.618 modificaciones que desde junio de 2004 hasta diciembre de 2006 han ido aprobando estas instituciones y que, a partir de ahora, se podrán consultar en la página web del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), que recibe un promedio de 750.000 visitas diarias.


Una amplia selección de novedades, entre las que figuran términos informáticos tan usados hoy día como “colgar”, “descargar”, “maximizar” o “minimizar”, fue presentada durante la inauguración del Centro de Estudios de la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española, en un acto que estuvo presidido por la vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega.


Los avances tecnológicos permiten la constante actualización del DRAE y, así, desde que se publicó la XXII edición del Diccionario en 2001, las Academias han incorporado a la página electrónica un total de 17.310 modificaciones, de las cuales unas 5.000 son voces y acepciones nuevas.


Atentos a cómo se habla en la calle
Los académicos suelen estar atentos al lenguaje de la calle y si hace unos años habían admitido expresiones coloquiales como “vender la burra” o “comer la moral”, ahora le dan entrada a “animal de bellota” (“persona ruda y de poco entendimiento”), “cobardica” (persona timorata), y al buen humor y ganas de divertirse que supone tener “cuerpo de jota”.


Al ámbito coloquial pertenecen también los términos “fisio”, (fisioterapeuta), “modernez” (forma despectiva de aludir a la modernidad), “neura” (persona “muy nerviosa, obsesiva y maniática”), “nota” (individuo), “subidón” (de fiebre, por ejemplo) y “paganini”, es decir, “la persona que paga, generalmente por abuso, las cuentas o las culpas ajenas”.


El Diccionario hace tiempo que dejó de reflejar sólo el español de España y cada vez incorpora más voces procedentes de América. En la lista de novedades difundida hoy figuran algunas como “aerobismo”(deporte consistente en correr al aire libre), “aeromoza” y “aeromozo” (azafata y azafato de aviación), “bluyín” (pantalón vaquero), “blúmer” (braga) y “panti” (leotardo), y “nocaut”, es decir, ese “golpe que deja fuera de combate” al que lo recibe.


También se incorporan voces y expresiones habituales en España, como “perder aceite”, que, en sentido irónico, alude al hombre que muestra “maneras de homosexual”; “animal político”, esa persona que “revela cualidades innatas para el ejercicio político”, y el tan habitual “canguro” que se encarga de cuidar a los niños en ausencia de los padres.


“Rebotar”, es decir, “enfadarse vivamente por palabras o acciones de otros”; “deportivas” (zapatillas de deportes), “guadianesco” (que aparece y desaparece) y la coloquial “de culo” (hacia atrás), son expresiones empleadas igualmente en España.


También voces cultas
Pero que no se preocupen los amantes del lenguaje culto, porque las Academias le han dado el visto bueno a voces como “fátum” (hado), “iridiscencia” (“reflejo de colores distintos, generalmente como los del arcoíris” —palabra, por cierto, que figura escrita así en el informe, pero que aún no consta como vocablo compuesto en el diccionario—), “promisor” (prometedor), “reminiscente” (que evoca a alguien o algo anterior en el tiempo) y “sapiente” (sabio).


El Diccionario se ha visto enriquecido además con numerosos términos técnicos. De la informática llegan “bajar”, “bus”, “navegador” y “subir”, y del ámbito legal proceden “inadmitir”, “publificar” y “supletorio”.


A campo de la medicina pertenecen “anfetamínico”, “artroscopia” y “colonoscopia”; al de la física, “convector”, “ionizar” y “excitar” (“hacer pasar un electrón de un nivel cuántico a otro más elevado en un átomo o molécula”), y de la química proceden voces como “anodizar”, “biogás”, “interfase” y “lisérgico”.

> Berria: Trans > GALICIA: LA ARMADA DICE QUE EL CABO AL QUE SE LE DENEGO PERMISO DE MATRIMONIO LO PIDIO FUERA DE PLAZO

  • La Armada dice que el cabo gay al que se le denegó permiso de matrimonio lo pidió fuera de plazo
  • La Voz de Galicia, 2007-09-28

La Armada ha desmentido que tuviese un trato discriminatorio con un cabo gay que solicitó permiso de matrimonio para casarse con otro gay, y se lo denegaron.


El Cuartel General de la Armada indicó ayer a través de una nota: «Según la información inicialmente disponible, el cabo de la Armada Pedro Rodríguez Laguna solicitó el permiso después de su matrimonio fuera del plazo establecido legalmente, razón por la que no se le concedió». En todo caso, la Marina ha incoado diligencias para el esclarecimiento de varias informaciones publicadas en torno al asunto.


La pareja
Naima Pereiras, transexual y pareja del cabo, sostiene que Pedro ha denunciado a sus superiores y que el problema le afecta de tal manera que ha tenido que pedir ayuda psicológica. Se encuentra, añade, de baja por depresión.


El cabo Pedro estaba destinado en los almacenes de Repuestos de la Armada en Ferrol, en tareas administrativas. Según Pereiras, a raíz de sus reclamaciones, fue relegado de su puesto habitual.


No es la primera vez que la eumesa Naima Pereiras sale en los medios de comunicación porque con ocasión de sus bodas anteriores (en Pontedeume y Narón), alguna de ellas formalizada en el registro de parejas de hecho antes de la reforma legal, ya había alcanzado celebridad. Este es su tercer enlace. El diputado Francisco Rodríguez ha interpelado al Gobierno en torno a este asunto.

> Berria: Terminologia > EL DICCIONARIO DE MARIA MOLINER ACEPTA "HETERO" Y "SALIR DEL ARMARIO"

  • El Diccionario de María Moliner se hace un ‘lifting’
  • Más de 12.000 vocablos se incorporan a la tercera edición de este clásico de la lexicografía
  • El Mundo, 2007-09-26 # Pilar Ortega Bargueño

El mítico Diccionario de María Moliner rejuvenece. Términos como mobbing, pilates, ADSL, blog, chatear o sms se han incluido en la tercera y última edición de esta singular obra, que ahora se remoza y reclama la vigencia de los nuevos tiempos. Hasta 12.000 vocablos se han añadido a este clásico de la lexicografía española, que fue concebido por su autora como «un instrumento para guiar el uso del español».


La compleja estructura que levantó María Moliner en solitario ha necesitado ahora de un equipo de especialistas, coordinado por Joaquín Dacosta, para mantener el objetivo que guió a esta intelectual aragonesa cuando inició su aventura a mediados del siglo XX. «María Moliner ha sido el último eslabón de una cadena de héroes de la que formaron parte Nebrija, Covarrubias, Salvat o Casares», dijo ayer el académico Manuel Seco durante la presentación, en el Instituo Cervantes, de esta nueva edición del Diccionario.


«El Diccionario de María Moliner es una novela de las palabras, un gran poema de la vida del español», dijo el ministro de Cultura, César Antonio Molina, quien confesó, desde su faceta de creador, que «los escritores le hemos robado muchos significados, muchas palabras que han resultado de una ayuda fundamental. Por eso, considero a María Moliner como una escritora, una mujer tan científica como creadora».


También aludió el ministro a la lengua como organismo vivo y en desarrollo, por lo que dio la bienvenida a esta nueva edición, «que servirá a las nuevas generaciones», al tiempo que representa, dijo, «un gran homenaje a María Moliner».


Editada por Círculo de Lectores y Gredos en dos volúmenes que suman 3.400 páginas y 90.045 entradas, la nueva edición del Diccionario de uso del español de María Moliner, además de actualizarse con nuevos vocablos y acepciones, ha modificado muchas de las existentes, ha actualizado los bloques de sinónimos, ha revisado los apéndices, ha creado nuevos índices de topónimos, gentilicios y abreviaturas; ha suprimido acepciones antiguas no documentadas y ha sufrido importantes cambios formales y tipográficos.


Formada en la Institución Libre de Enseñanza y licenciada en Historia, María Moliner (1900-1981) fue bibliotecaria de profesión y durante la República ejerció importantes papeles en la organización de bibliotecas rurales y en la difusión de la lectura. Pero, según indica Manuel Seco en el prólogo de esta tercera edición del Diccionario, «la fama casi mítica de María Moliner tiene su base en un libro, uno solo, independiente de su carrera profesional y publicado cuando ella se acercaba a la jubilación. El Diccionario de uso era el primer (y único) trabajo suyo nacido de una secreta vocación: la lengua».


Sin más ayuda que unas cuartillas y una máquina de escribir Olivetti, María Moliner sufrió en carne propia los avatares de una época histórica difícil. Tras el triunfo de las tropas franquistas, fue descalificada y rebajada 18 puestos en el escalafón de su profesión, pero ella nunca se rindió. De hecho, estando ya jubilada y con hijos mayores, fue cuando emprendió, tarde tras tarde durante 15 años, la titánica tarea de crear su Diccionario, una obra que, desde su publicación en 1966, se convirtió pronto en un éxito rotundo de ventas.


Inútiles fueron los intentos que en 1972 realizaron Rafael Lapesa y Pedro Laín Entralgo para que María Moliner ingresara en la Real Academia Española. Su candidatura chocó con un muro de intransigencia en la institución, donde le criticaron «un exceso de subjetividad e intuición en sus definiciones».


Antonio Rivero Taravillo obtuvo ayer el XX Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias por su obra Fuego con nieve. La vida de Luis Cernuda. Años españoles (1902-1938). El jurado del premio ha valorado de este trabajo «el rastreo documental y la ordenación rigurosa de varios acontecimientos de la vida de uno de los poetas esenciales de la literatura española».


  • NUEVOS TIEMPOS, NUEVAS VOCES
  • Tecnologías: ADSL, blog, chat, e-book, cuenta de correo, dirección, dominio, enlace, explorador, hipervínculo, escaneo, frame, freeware, hacker, HTML, intranet, bajar, descargar, LCD, manos libres, móvil, buzón de voz, mensaje corto (o SMS), rellamada.
  • Música actual: Chill out, jam session, jazz latino.
  • Deportes: Contraanálisis, dream team, voley-playa, pilates, gym-jazz, fitness.
  • Medicina y cosmética: Anisakis, ébola, fibromialgia, retroviral, isoflavona.
  • Terapias alternativas: Aromaterapia, cromoterapia, digitopuntura (o shiatsu).
  • Alimentación: Carbonara, carpaccio, bífidus, chop suey, fumet, lactovegetariano, al dente.
  • Otras culturas: Burka, fatwa, feng shui, kefía.
  • Sociedad: Hetero, homeless, mobbing, cayuco.
  • Economía y negocios: ETT, euribor, fidelizar, masa salarial, ultraliberalismo, stock option, deflactar, cuartillo.
  • Política: Batasuno, batzoki, eurocámara, euroescéptico, islamista, judicializar.
  • Coloquialismos, argot: Rayar[se], flipante, salir del armario, pintar (pintar bien, pintar mal), farlopa.

> Erreportajea: Trans > CHILE: MELINA EN LOS DIARIOS

  • Melina en los diarios
  • Río Negro, 2007-09-07 # Jorge Gadano

A poco más de dos semanas, los medios nos sorprendieron con la noticia de que “un” docente transexual daba clases en varios colegios de Ushuaia, en unos casos de historia y en otros, de formación ética y ciudadana. Se trata de una persona, Melina Gutiérrez, que quiere ser mujer y que la traten como tal. Pero, con los medios, no ha tenido éxito: el análisis de la crónica de tres diarios sobre el “descubrimiento” de Melina revela, en el lenguaje usado, una generalizada incertidumbre respecto de si la identidad de una persona depende de su deseo o de lo que dicen su anatomía y un documento de identidad.

Los medios analizados -los diarios “Clarín”, “La Nación” y “Río Negro”- mostraron el “fenómeno” en los encabezados de la noticia con el despliegue que merecería el hallazgo de un esquimal en Mar del Plata. Se trataba del hallazgo de un hombre que ejercía funciones docentes vestido de mujer.

“Clarín”, después de presentar “el caso” como el primero conocido en el país, tituló en cabeza de página y a seis columnas, aludiendo a una “Polémica en Ushuaia porque ‘un profesor’ travesti dicta clases”. El matutino dijo que padres de alumnos se quejaron de que “un travesti” ejerciera como docente porque no les habían avisado. Les preocupaba, obviamente, que se perdiera la formación moral de sus hijos e hijas de acuerdo con el canon vaticano.

El asunto tomó estado público cuando -escribió el periodista Gabriel Ramonet- el rector de uno de los colegios admitió que “concurre a dictar clases un hombre vestido de mujer”. Eso es mucho más llamativo que una mujer vestida de hombre. Lo era en la Edad Media, pero no ahora, cuando el pantalón se ha desjerarquizado al convertirse en una prenda unisex. No importa tanto a ellas, además, que una mujer renuncie a su género. Sí a ellos, que consideran un traidor a un hombre que haga eso y, por lo tanto, lo estigmatizan.

Para “Clarín” del 23 de agosto, Melina es “el postulante” (a un cargo docente) o “el docente”, aunque en el párrafo final el firmante de la nota cambió de bando y aseguró que a “la docente transexual” el debate no le preocupa.

En la misma página hay una foto de Florencia de la V. junto a un texto que la presenta como “la primera travesti” protagonista de una tira en tevé abierta y horario central, que chicos y chicas pueden ver cuando se les da la gana. La tele todo lo puede y a los padres no les importa. Lo que sí les importa es que eso pase en el sagrado recinto del aula, al que los jóvenes concurren para hacerse hombres y las jóvenes, mujeres.

Al parecer, el diario se inclinaba por reconocer la condición femenina de Melina siempre que pase por el quirófano y obtenga luego una autorización judicial para ser mujer. Pero sin demasiada convicción, o porque el subconsciente hace su trabajo, admitía esa condición al llamarla “la docente”. Con todo, lo importante para otro firmante de la nota -que con los dos se lleva una página- es que “el profesor travesti” sea “bueno para enseñar”. Y que se haga cargo “él” de sus ganas de ser mujer. Pero en la edición del día siguiente “Clarín” se corrigió. Melina fue la profesora, la docente, la transexual.

Para el diario “La Nación”, Melina es también “un docente” o “un profesor”. Pero su texto evidencia igualmente el empuje del subconsciente. Es así porque, de pronto, en el relato masculinizador se dice de ella que “el conflicto ‘lo’ coloca en el ojo del huracán, por ser ‘uno’ de los ‘primeras’ docentes transexuales en el país”. Tanta confusión hubo, que ni siquiera el corrector se quiso meter con ese párrafo.

Tampoco con el siguiente. Al parecer, Silvio Bocchichio, el autor -no la autora- de la nota montó una guardia en la puerta del colegio hasta que Melina ingresó. Escribió que “el docente llegó ayer (por el 22 de agosto) a clases quince minutos antes de la hora, con un vestido hasta las rodillas, botas de cuero terminadas en punta y taco dispuestas sobre las calzas, todo negro”. Hasta ahí, el relato impresiona como que el “voyeur” se siente atraído. Y tan así es que a renglón seguido la reconoce como mujer diciendo que llegó “abrigada” con un chaleco rojo, un tapado beige y bufanda de lana.

La crónica de este diario, en cambio, no tiene incoherencias. Melina es siempre “un docente”, o bien “uno de los docentes”, cuya identificación se hace por el apellido, Gutiérrez.

Hay, no obstante, una opinión editorial que reconoce el derecho de Melina a elegir su sexualidad, simplemente al referirse a “su elección sexual”. Dice al respecto que esa elección no afecta su capacidad profesional ni su calidad humana y que sólo es “un aspecto de su vida privada”.

Y para usted, lector, lectora, ¿qué es?

> Iritzia: Sergio Téllez-Pon > GAY, GUEI Y GAYS, ¿QUE ES LO CORRECTO?

  • Gay, guei y gays ¿qué es lo correcto?
  • La gran penetración de la cultura estadounidense en todas las restantes del orbe ha hecho creer a muchos que el término “gay” es un anglicismo referido a los homosexuales. Su utilización ha provocado una estandarización y esterilidad en su significado.
  • Anodis, 2007-09-03 # Sergio Téllez-Pon

En los últimos años el término “gay” se ha estandarizado en muchas sociedades para ya no llamar peyorativamente a los homosexuales. “Gay” está dentro de los términos de lo políticamente correcto que es tan propio de la vida moderna, por ejemplo, al implantar ese lenguaje a otros grupos vulnerables como los negros, los judíos, las mujeres y los indígenas. La hegemonía de la cultura estadounidense sobre muchas otras ha hecho creer, en este caso en específico, que la palabra gay es de origen anglosajón Así, para el común de la gente, “gay” describe un estilo de vida que ha creado, a su vez, una identidad estereotipada, un modelo al que se debe aspirar.

Sin embargo, gay es un concepto más amplio y de mayor antigüedad que el de simplemente homosexual. Este último es más bien una definición clínica y su utilización puede fecharse casi con precisión: desde 1869 cuando el médico alemán de origen húngaro, Kart Benker, lo inventó de la unión de los términos “homo” (igual, semejante) del griego y “sexus” del latín, hasta los años de la liberación sexual en el mundo a finales de los sesenta y principios de los setenta o en los primeros años de los ochenta, aproximadamente, con el surgimiento del sida. O, incluso, también podría fecharse su acta de defunción: el 17 de mayo de 1990, día en que la Organización Mundial de la Salud (OMS) sacó la homosexualidad de su lista de enfermedades mentales. También, en otras épocas se adoptaron otros conceptos para nombrar a las personas que tienen sexo con otras personas de su mismo sexo –a los hombres en particular, por ser los más visibles–: “sodomita”, “somético” o “pederasta”.

La palabra “gay” como tal ha existido desde tiempos inmemoriales: tiene su raíz en el latín “gaudium” que significa “gozo” o “gozoso” (por ejemplo, desde tiempos de Wilde y hasta hace poco el adjetivo “gayly”, en inglés, mantenía esa correspondencia pues significada “alegre”, “festivo”). Hacia 1100, los occitanos, en la zona de sur de Francia (Tolosa es Toulusse en occitano), empezaron a usar, según el diccionario de Corominas, los vocablos “gai”, “jai”; más tarde los galorrománicos, en el norte, utilizaron el término “gayo”. Corominas supone que, dado que “gai” se empleaba en el sentido de gozo, probablemente se trate de una reducción de “gauy”. Gauy, se redujo a “gau” que es frecuente en el sentido de “gozo” y a partir del siglo XII se encuentra con el valor de “alegre”.

Esa voz occitana fue adoptada también por los provenzales (“gayoleiru”), quienes empezaron a utilizar la oración “gai saber” al estar originalmente asociada con el Consistòri del Gai Saber (1323) un libro de poesía trovadesca de los siglos XI y XII que recopilaron los occitanos y del cual seguramente Niestzche tuvo conocimiento para titular uno de sus libros como La gaya ciencia, es decir, que la poesía es la ciencia feliz, de gozo. Finalmente, pasó a la lengua gallego-portuguesa en las famosas Cantigas de amigo que, por ejemplo, Alfonso X El sabio llegó a escribir. Probablemente las raíces gai- y gau- sean indoeuropeas que de alguna forma se mantuvieron en el latín (“gaudium”) y que, a su vez, como puede verse, permaneció en el francés, catalán y gallego, e incluso en el inglés, pero se perdió en algún momento de la larga historia del español.

Después, con la liberación sexual de los años setenta del siglo XX el término “gay” (vocablo adoptado por el inglés, recuérdese) fue tomado para designar a una comunidad que exigía, con medios un tanto cuanto radicales, su derecho a pertenecer a la sociedad; sin embargo, como ya he dicho, ha devenido cierto estilo de vida: lo que algunos ya llamamos el “american gay of life”, es decir, se le ha atribuido casi exclusivamente a una actitud a lo que sencillamente era la definición de un comportamiento dinámico, alegre. De hecho, visto a la distancia, parece paradójico el movimiento gay haya alcanzado sus primeros objetivos al tener actualmente una entrada a esas instituciones de la sociedad a las que entonces combatió radicalmente. El cronista chileno Pedro Lemebel observa muy bien esto al hablar de las discotecas, recintos del máximo hedonismo: “Quizás, aunque la disco gay existe en Chile desde los setenta, y solamente en los ochenta se institucionaliza como escenario de la causa gay que produce el modelo Travolta sólo para hombres. Así, los templos homo-dance reúnen el gueto con más éxito que la militancia política, imponiendo estilos de vida y una filosofía del camuflaje viril que va uniformando, a través de la moda, la diversidad de las homosexualidades locales” (en Loco afán, Anagrama, 2000; el subrayado es mío).

De manera que “gay” bien podría ser una palabra de uso común en español (dado que viene del latín, así como el español es una lengua derivada de ella) sin necesidad de que la hayamos “tomado” del inglés, y tampoco habría por qué casteñanizarla —como lo hacen los españoles, principalmente— al escribir “guei”.

Todo lo anterior viene a colación porque me he encontrado con algún activista que suele usar y decir frecuente e impunemente *guei y con una revista, Homópolis, que altera los titulares de las notas que toma de anodis.com, al no mantener el plural de gay, y escribe, por ejemplo, “El miedo al sida entre los hombres gay” (Núm. 102, julio de 2007). Sobre esto último, recurro al Diccionario esencial de la Lengua española (Espasa Calpe, 2007), que contiene las modificaciones que habrá de tener la vigésima tercera edición del Diccionario de la Lengua española, y acepta el plural de gay, es decir, “gays”. Por lo tanto, es correcto decir y escribir: “El miedo al sida entre los hombres gays”. De lo contrario, es como si dijéramos y escribiéramos algo así como: “Los bar de la Zona rosa”, o “Los mejores restaurant de la Ciudad están en la Condesa”. Lo correcto es, claro, “bares” y “restaurantes”.

Por fortuna, ahora el término queer empieza a adquirir cierta relevancia en algunos círculos y a esa descripción, menos normativa, algunos ya nos apegamos.